23/2/11

Accesorios de invierno

mmmmmmmmm




noches al calor de un KTV, con amigos y Qindao...Impagables!


Para todo lo demas...


camperon de plumas, 270 yuanes



pantuflas peludas, 15 yuanes
almohadon-oveja, regalo de mis estudiantes. Metes las patas adentro y te olvidas de los sabaniones!



botas aplastatodo, como las que usan los turistas nordicos para explorar la jungla portenia, 100 yuanes



mantita electrica, vino con la casa. La pones abajo de la sabana y la encendes un toquecito antes de acostarte. Un placer! Eso si, no hay que olvidarse de apagarla antes de dormirnos, porque sino se nos incendia el tujes.



botas animal print, forradas con peluche, regalo de una de mis estudiantes. Bueno, che! Lo que cuenta es la intencion...



caloventor aerodinamico, 200 yuanes. Poderoso el chiquitin!



orejeras y guantes, 20 yuanes



ropa interior sexy, 65 yuanes



piyamota chuavechito, 120 yuanes

















bolsita de agua caliente electrica, 30 yuanes

...existe Chainacard!!!

7/2/11

El lado oscuro de la luna

El lado oscuro de la luna

El invierno pasado me agarré una bronquitis inclemente. Recién hacía dos meses y medio que vivía en Tong Ling. Una amiga me acompañó a una salita a pocas cuadras de mi casa. Los años que viví en Francia me enseñaron que los sistemas de salud no son iguales en todos lados. Ni los tratamientos. Ni la organización. En China es así: uno llega al hospital, le decís al recepcionista a qué venís y éste te indica a qué caja tenés que ir a pagar el bono de la consulta, que puede salir entre uno y tres yuanes. Con el bonito y un cuadernito que será tu historia clínica, vas a la sala de atenciones que te indicaron. La puerta de la sala está abierta. Generalmente hay dos médicos sentados en dos escritorios enfrentados. A veces, hay un biombo con una camilla detrás. Al lado de cada escritorio, hay un banquito para que el paciente se siente y haga su consulta. Los demás esperan dentro y fuera de la sala. Hacer cola no es una costumbre en este país, en ningún ámbito, así que es de lo más normal que mientras un paciente esté haciendo su consulta sentado en el banquito, un recién llegado se acerque a preguntar algo al médico o mostrarle una receta. El médico lo deriva a una enfermera, si anda por allí, y esta toma la historia clínica y la pone abajo del montoncito de espera, como corresponde. Hasta acá todo bien. No me copó hacer la consulta a puerta abierta, con todas las personas circulando a mi alrededor, pero bueno, es así y hay que adaptase (sólo sobreviven los que se adaptan enseña la ciencia). Mi situación quedaba un poco más expuesta, porque al ser extranjera genero mucha curiosidad. A ver, como para que se hagan una idea, si cuando voy al supermercado, la gente me mira la canasta para ver qué compro, saber qué peste se agarró la laowei (la gringa) es todavía más fascinante. Cuando me tocó pasar al banquillo, la doctora me puso el termómetro y, como en ese momento yo no hablaba casi nada de chino, pasó a hacerle todas las preguntas de rutina (y algunas más) a mi amiga Yang Lu. Me mando a hacerme unas placas. Yo encaré para rayos, pero Yang Lu me explicó que primero teníamos que pagar el estudio. Llegamos con la boletita donde nos esperaba un viejito radiólogo con todas las ventanas abiertas. Estábamos a menos dos grados bajo cero, pero el viejito quería mantener la sala ventilada. Es que fue el invierno de la gripe porcina y tenían instrucciones de tomar precauciones extremas. Por suerte, el frío espantaba a los curiosos. Un mes antes, me había hecho los estudios para el seguro médico y mi público fiel no me abandonó ni un instante. Doctores, enfermeras, pacientes y acompañantes siguieron minuto a minuto el apasionante llenado de mi historia clínica. Volví con la placa a ver a la doctora y me confirmó que tenía una bronquitis. No fue una novedad. Nunca en mi vida me agarré anginas, pero siempre fui delicada de los bronquios, más desde que empecé a fumar y más todavía desde que vivo en Tong Ling y me respiro este aire lleno de porquerías. Me recomendó dejar de fumar, tomar mucho líquido, hacer reposo tres días, el tratamiento universal para la bronquitis. Lo único novedoso fue que en lugar de antibióticos por boca, me los aplicaron de forma intravenosa. Otra vez a la caja a pagar los remedios y luego a la salita a ponerme el suero. Este tratamiento, que me tenía que aplicar durante 4 días, me salió 500 yuanes, casi la mitad de un sueldo mínimo en este país. Llamé a la Universidad, a ver qué tenía que hacer para que el seguro me reintegrara el dinero y en ese momento me enteré de que no tenía seguro porque la compañía había rechazado mi aplicación. Esa misma noche vinieron Leo y Cathy, su intérprete, a mi casa a ver cómo estaba y a explicarme la situación respecto del seguro médico. Leo es el responsable de asuntos extranjeros en la Universidad. Es el que está a cargo de todo lo que me pasa y hago. Es un buen hombre. Pero tiene un trabajo difícil, hacerme entender cómo son las cosas en China y, cuando definitivamente no puedo aceptarlas (como en este caso, “en China sin seguro médico no me quedo”, declaré), encontrar los huecos en el sistema que nos satisfagan a todos. Esa parte no es tan difícil después de todo. Hay muchos huecos en el sistema, agrandados por el uso frecuente. Lo difícil es escucharme cuando estoy indignada. Y esta vez estaba muy pero muy. Primero porque, bien “a la china”, olvidaron convenientemente comunicarme lo del seguro hasta que lo necesité. Segundo, porque no podía creer que un tratamiento en un hospital público fuese tan caro y tercero porque la compañía de seguro me rechazó debido a mi peso. No era la primera situación de discriminación que vivo por ser gorda. Pero me pegó más que otras veces. Quizás se sumó el cansancio y la soledad. Es horrible estar enfermo en otro país, donde encima no entendés la lengua. Quizás mi idilio con China empezaba a convertirse en una relación más realista. A las dos semanas, Leo me llamó con una buena noticia, otra compañía había aceptado asegurarme. Sabía que no tenía sentido pedir más detalles.
China y yo no tenemos una relación perfecta. A veces me agota y me embronca y otras me enamora y fascina. A veces, yo la saco de sus casillas también. Decidimos darnos una oportunidad más y seguir aprendiendo la una de la otra. Pasó más de un año desde esta experiencia y todavía sigo acá.

1/2/11

El chancho bochinchero o el cuento de la amante itinerante

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“Me quiero enamorar”, me dijo un día un mi amiga Sara Kay. Dejenmé que les cuente esta historia porque es un es-can-da-lo. Ni me pregunten cómo llegamos a Shanghai porque ya no me acuerdo, pero allí estábamos. Igual el contexto no importa, podría ser cualquier ciudad y sería la misma historia. Siempre fue la misma historia con Sara kay. Hasta que adoptó el chancho. Eso cambió todo para siempre.


Queríamos escaparnos un poco del sofocamiento de Shanghai, que es una ciudad que parece que se te cae encima. Un horror. Nos fuimos a pasar el fin de semana a Chuchou o Juancho, algo así era el nombre, una de esas ciudades con canales, que Marco Polo describió como la Venecia china. Les aclaro que estoy en abierto desacuerdo con las declaraciones del señor Polo, pero dejo el relato de ese escándalo para otra ocasión. Cuestión que un viernes por la noche, terminamos caminando por las calmas avenidas de Juanchou o Chouchu. Lindo. Muy tranquilo. Sara Kay me contaba la historia de no sé qué amante de algún país del tercer mundo que la había engañado, de nuevo, cuando pasó por delante nuestro un chico que vendía un chancho de plástico. ¿A quién le iba a vender eso a esa hora? Comprale el chancho al nene, le dije. Y Sara Kay se lo compró. Era una cabeza de chancho de plástico color rosa. Parecía una pelota inflable. Tenía un mango verde, también de plástico. ¡Era de bochinchero! Chillaba si apretábamos el mango y tenía la cabeza llena de cascabeles. Un poco como Sara Kay. Lo sacamos de paseo por Juanchou esa noche. Fuimos a bailar y el chancho vino con nosotros. La discoteca era un cocoliche ruidoso y lleno de humo, pero no nos importaba. Teníamos al chancho y la estábamos pasando genial. Tuvo mucho éxito el chancho. Todo el mundo le pedía a Sara Kay que lo entregara. Pero Sara Kay no quería saber nada. No quería desprenderse del chancho. La cama del hostel de Chucho era dura como una tabla de planchar, pero no nos importaba. Teníamos al chancho y estábamos felices. Al día siguiente, nos tocó un sábado soleadísimo y salimos a caminar los tres. Recorrimos los canales y compramos chucherías en un mercado kitch que frecuentaban solamente los locales. El chancho estaba contentísimo, todo rosado y sonriente. Cuando la gente se acercaba a sacarse fotos con nosotros o a preguntarnos de qué planeta veníamos (¿o era de qué país? porque la verdad nos miraban como si fuéramos de otro planeta), el chancho chillaba feliz. Nos sacamos fotos los tres en los puentes y las callecitas empedradas. Hacíamos corazones y les tirábamos besos a los gondoleros. El chancho estaba como loco. Probó de todo con nosotros. Tés de sabores salvajes, ravioles que no eran ravioles, dulces gomosos cubiertos de semillitas de sésamo. Y él no paraba de cascabelear. Chicos, viejitos, viejitas, hombres y mujeres, todos le pedían a Sara Kay que entregara el chancho y ella les ronpondía que todavía no. El sol brillaba y nos sentíamos ridiculamente felices. Sara Kay tenía un sombrero azul enorme de ala ancha y una cartera blanca con flores de colores, bordada a mano. Cuando la compró le dijeron que era de Afganistán. Pero un día la vimos repetida en una tienda tibetana y otro día, multiplacada en un negocio de baratijas chinas. A Sara Kay le gustó más todavía. Es como yo, decía, de todas partes y de ningún lado. El chancho estuvo con nosotros todo el tiempo que compartimos en Shanghai. Después yo me fui de China. Volví a Baires, a mi depto en Viamonte, mis noches de copa de vino en Milion y pastas en Campo di Fiori. Sara Kay se quedó un poco más en China y el chancho siempre con ella.



Un día recibí una postal desde la India. Era el chancho de Sara Kay guiñándome un ojo desde el Taj Majal. Me contaba que un derviche indio le había pedido que se lo entregara a cambio de la verdad y Sara Kay le había respondido todavía no. Meses después, me llegó una postal de Lhasa. Sara Kay, el chancho y un monje budista me hacían la venia desde el Palacio Potala. El monje le había pedido que se desprendiera del chancho y él le prometía enseñarle a alcanzar el Nirvana. Pero Sara kay había dicho todavía no. Más tarde supe por sus postales que seguían recorriendo el mundo, haciendo amigos nuevos. En Egipto conocieron a una mujer de ojos profundamente negros que quería cambiarle el chancho por un beso y como Sara kay le dijo todavía no, la mujer de todas formas le dio el beso y le enseño a bailar. En Tanzania, un hombre hermoso, de piel color chocolate y labios rojos, quería cambiarle el chancho por una historia de amor. Sara Kay dijo todavía no y él igual le regaló la noche, con luna, estrellas y todo. En las motañas de Marruecos, un jeque le cambiaba el chancho por todos los tesoros de su tienda y Sara kay repetía no todavía. Una monja en España le prometió la salvación si tiraba el chancho a la hoguera. Eso nunca, gritó Sara kay y salió corriendo abrazada al chancho que chillaba como loco. Llegaron a Italia, con la lengua de afuera de tanta corrida, y se tiraron a dormir en una viña. A la mañana siguiente, la despertó una tía, pariente lejano, que la invitaba a quedarse allí para siempre con su chancho, tomando vino tinto y comiendo pastas con aceite de oliva. Sara Kay estaba tentada, pero sabía que todavía no era el momento. Entonces, se fueron al desierto de Sonora, donde un chamán quiso cambiarle el chancho por un viaje con peyote y Sara Kay dijo todavía no. Sambaron en Brasil. Recogieron café en Colombia. Se congelaron el traste en la Antártida. Surfearon en Hawai. Se hicieron muy famosos en todos los foros de viajeros de las páginas de internet. Sara Kay colgaba en su blog las fotos y fans de todas partes les dejaban mensajitos y le preguntaban si algún día iba a entregar el chancho. No sé, respondía ella, todavía no. Él estaba siempre igual, sonrosado, sonriente. Quizá con un poco más de polvo. Tenía una capa finita encima que sólo un ojo atento hubiera notado. Hacia el final, yo, que lo conocía bien, lo veía un poquito cansado, como que se estaba pinchando. Capaz ya tenía ganas de parar en algún lado. Pero Sara Kay insistía todavía no, todavía no.


Hasta que un día, en un giro complicado de una ruta con muchas vueltas, se perdieron. Fueron a parar a una playa de una isla del medio oriente. Los rayos del sol se le colaban por las pestañas a Sara Kay y no la dejaban ver bien. Escuchaba música de tambores y le parecía distinguir las siluetas de gente bailando. De pronto, como montado en un rayo de sol, se le acercó un hombre todo vestido de blanco. Era alto, tenía ojos grandes y la piel color aceituna, como en los poemas de García Lorca. ¿Dónde estoy?, le preguntó Sara Kay. En el reino de Bareim, le respondió él. Tenía una voz cantarina. Sara Kay pensó que lindo sería despertarse para siempre escuchándola. Que objeto más extraordinario, dijo el hombre, tomando el chancho de sus manos, ¿puedo verlo? Sara kay soltó el chancho. Era la primera vez que se separaban en años. Le dió vértigo. Quiso perdírselo de vuelta, pero él la miró y le dijo, es gracioso, ¿me lo das? Y Sara kay se lo dió. Nadie lo podía creer cuando meses después los blogueros escribían esta historia. Sara Kay entregó el chancho cascabelero. Ahí se quedó. En una isla del reino de Bareim. En una casa blanca, llena de música. ¡Más vale que se casó con el hombre de piel color aceituna! El día de la boda, una adolescente de trenzas negras, casi una niña, se acercó a Sara Kay, le regaló un ramo de flores de mil colores y le contó que había leído todas sus aventuras, que amaba al chancho bochinchero y que ojalá un día ella pudiera encontrar su propio chancho rosado. Sara Kay comprendió por qué estaba allí y qué tenía que hacer. Tomó el chancho, que estaba sentadito entre ella y su esposo, y lo puso en las manos de la niña de trenzas negras y alas en los ojos. Es tuyo, le dijo. Era hora de ponerlo en libertad nuevamente. El chancho tenía que cumplir su destino. Seguir recorriendo el mundo y tocar la vida de otras personas en las manos de alguien más. Por supuesto que fui a la fiesta de despedida del chancho. Sara kay paró en la playa blanca. Las aventuras del chancho bochinchero continúan. Si lo ves por ahí, mandame una postal.

20/1/11

Guerreros de Terracota

La Emiliano: ¿pero qué? ¿están en una cueva?
Yo: No, están enterrados. Estaban haciendo un pozo para sacar agua y se encontraron con un ejército de cerámica.
La Marcelo Toledo: ¿una cueva subterránea?
Yo: No, enterrados. Hicieron la tumba del Emperador y la rodearon con un ejército de cerámica para protegerla.
La Emiliano: ¿y la tumba está en una cueva? ¿o como las pirámides egipcias?
Yo: No, en-te-rra-dos. Hicieron una reproducción del palacio con todo lo que había adentro para que descansara el emperador, lo rodearon con un ejército de cerámica y cuando el tipo se murió lo enterraron ahí con todas sus concubinas y los 1000 tipos que habían participado en la obra para que nadie supiera donde estaba enterrado.
La Emilano: ¿pero cómo es que se pueden ver ahora?
Yo: porque están desenterrando todo. ¿Ves el culo del caballo en la pared? La otra mitad del caballo está adentro de la pared. A medida que van removiendo la tierra, se encuentran con las piezas de cerámica destruídas y viene el grupo McGiver y reconstruye todo. El problema es que se les despintan, porque los pigmentos tienen como dos mil años y no se bancan el sol. Por eso, los pozos nuevos que descubren están más oscuritos. Hasta que descubran como conservar los colores.
La Toledo:¡Ah, igual es raro! Yo me imagina que estaban como en una cueva.
Credibilidad cero. Menos mal que tengo las fotos para probar que allí estuve y que no estoy bolaceando.












19/1/11

Crece la comunidad argentina en Tong Ling

Ahora somos tres


Raúl, el representante cordobés


Yo, en mi versión más Mary Poppins (no se preocupen es una etapa, ya va a pasar)


Y Arcor!

14/1/11

Trabajo duro a la china


I
Cuando era chica mis viejos tenían una pequeña empresa. Sembraban y embasaban brotes de alfalfa y embandejaban ensaldas frescas y verdurita para sopa. Se las vendían a los puesteros del mercado central. Mi tío era su mejor cliente y, si mal no recuerdo, el que les dio la idea de hacer esto, cuando mi viejo renunció al Fundador. Mi mamá quería volver a trabajar, pero no nos quería dejar a mí y mis hermanos; así que este trabajo “en casa” era ideal. Habían probado con una pequeña verdulería, pero se fundieron en seguida y la tuvieron que cerrar. Sería el año ´87 más o menos. Yo estaba en quinto grado y atravesaba una mala etapa de pelo enredado y graso. El mercado central siempre fue parte de la historia de mi familia. Mi abuelo había comenzado vendiendo champignon y brotes de soja allí cuando nadie más lo hacía. Se las compraba a un chino (al menos chino le decían, hasta el día de hoy no me queda muy claro de que país del extremo Oriente era) que se llamaba Michelín, sí como las ruedas y la guía turística famosa. Mi tío empezó trabajando con mi abuelo hasta que pudo alquilar su propio puesto. Los sábados mi tío, mi papá y mi mamá iban a trabajar a la feria comunitaria y a veces, ¡que gran aventura!, nos llevaban a mi hermano y a mí para ayudar. A fines de los ochenta mis hermanos y yo, que andábamos entre los 11 y 5 años, éramos expertos en la historia del mercado. Quién era el nuevo interventor, a quién había que embadurnarle la mano para que no descomisaran la mercadería, los nombres de los quinteros grabados en la madera de las jaulas de verdura. También sabíamos de producción agrícola. Sabíamos que las manzanas que se guardaban en las cámaras mucho tiempo se ponían negras por dentro. Sabíamos que la alfalfa era un brote, no una verdura. Sabíamos que la mejor naranja venía de Corrientes y las manzanas Deliciosas eran de Río Negro. Mi abuelo había predicho que la soja iba a ser un gran negocio y tenía razón. El brote de soja se hacía cada vez más popular en la mesa familiar. Se empezaba a hablar de todas las propiedades que tenía este porotito. Aparecieron las milanesas de soja, salvación de las porteñas planchadas, cuentacalorías. En el mercado había aparecido otro chino, Chan. Chino de verdad. Bueno, de Taiwan. Él se tomaba el trabajo de dejar bien clarito, con las seis palabras en español que conocía, que era taiwanés, no chino. Durante mucho años, crecí con la idea de que Taiwán era un país distinto y que no formaba parte de China. Todavía hoy me da pereza investigar todas las sutilezas de la relación entre la China continental y esa isla. El resumen desprolijo que les puedo hacer ahora a los curiosos, es que cuando el partido comunista, liderado por Mao, ganó la revolución, el presidente que estaba en ese momento, se mandó a mudar a Taiwán y varias familias poderosas, que se oponían a las ideas de Mao, se fueron con él y se declararon independientes. Ellos nunca reconocieron la autoridad del partido comunista y, a su vez, el gobierno central nunca les reconoció la independencia. Así que según quién te contara la historia, Taiwán era o no parte de la República Popular de China. A mí me la contó Chan, cuando tenía unos diez años y mi papá me llevaba a comprarle bolsas de soja y bandejas de plástico para embasar los productos de mi familia. Los brotes de soja de Chan eran los más lindos de todos, largos, crocantes y bien blancos. Nada amarillentos como los de Michelín o Song (otro competidor que llegó después). Los de Chan eran brotes agraciados y daban la sen sación de que si comías esa soja ibas a ser alto, flaco y blanco. Todo un éxito. No sé que habrá sido de Michelín. Mi abuelo y mi tío empezaron a comprarle sus productos a Chan, como casi todos los puesteros del mercado central. Chan les enseñó a mis viejos a plantar alfalfa y les dejaba usar el nombre de su empresa en las etiquetas, porque mis viejos todavía no tenían capital suficiente para registrar su pymes. También le compraban los brotes de soja para las bandejas de ensalada, los rollos gigantes de ese plástico superfinito para envasar, las bandejitas y otros insumos, porque Chan compraba al por mayor mucho más barato. Ir en la estanciera con mi papá hasta Villa Celina, donde estaba la fábrica de Chan, era el paseo del domingo. Como nosotros, Chan tenía la fábrica en su propia casa. Cuando llegábamos, mi papá entraba a buscar la mercadería y me dejaba a mí y a mi hermanita jugando afuera. Siempre veíamos a los padres y a la esposa de Chan en cuclillas trabajando. Lavaban las semillas, pelaban y cortaban las verduras (porque Chan también producía bandejitas de sopa y ensalada). Toda la familia trabajaba todo el día, contaba mi abuelo que los había visitado varias veces. En esos años de mi infancia, vi por primera vez una estatua de buda con unos inciensos prendidos alrededor. Vi a la familia de Chan comer arroz con palitos sin moverse del lugar donde trabjaban agachados. Fue en esos años también que escuché por primera vez sobre el trabajo duro a la china. Sin feriados, sin francos, toda la familia meta y meta trabajar sin quejarse, sin gastar. “Los chinos son tantos que tienen que trabajar catorce horas por un plato de arroz. No se va a poder competir con eso. Un día vas a ir a comprar zapatos y van a ser chinos”, pronosticaba mi abuelo cuando cerraba el Clarín, que en esa época era un diario y no una empresa, y por eso no daba tanto asco leerlo. Su manera de sintetizar el desarrollo de la economía mundial se presta a discuciones, pero sus conclusiones no tanto. Don Miguel tenía razón, pero no contaba con las leyes antidumpling. Hoy en Argentina podemos comprar casi todo importado de China, pero zapatos no. Para el año ´89, la pequeña empresa de mis viejos daba sus frutos modestos. Por lo menos, habían podido construir un galpón en el fondo de mi casa para poder trabajar allí y no tener que seguir haciéndolo en nuestro comedor. Divina y Susana eran dos empleadas que se habían sumado a la producción, porque mi tío vendía cada vez más y había que abastecerlo. Después, la economía del país se deterioró. Aumentó la competencia. Chan se expandió. Le vendía también a las cadenas de supermercados. Producía cada vez más soja y ensalada y le compraba la producción de bandejas de sopa a algunas familias de inmigrantes bolivianos que se las cobraban muy baratas. El trabajo duro a la boliviana es similar al trabajo duro a la china, con la desventaja que nunca el cien por ciento del producto de ese sudor es para ellos. La única forma que mis viejos tenían de poder competir con los precios de Chan y las familias bolivianas, era bajarle el sueldo a sus empleadas o despedirlas y ponernos a trabajar a mis hermanos y a mí. Dijeron que mejor no. Sin odios, sin culpas. Esas eran las leyes de juego y ellos decidieron no jugar. No iban a explotar a sus empleados, ni a sus hijos ni a sí mismos. Ya bastantes sacrificios habían hecho, trabajando a veces más de dieciseis horas por día, sin domingos y sin vacaciones. Levantándose en invierno a las 3 de las mañana a regar la alfalfa. Antes de envasarla, la lavaban en el viejo piletón de vino patero que había en nuestra casa. Me acuerdo de mi papá con las manos arremangadas, dentro del agua congelada, escuchando la radio y silbando un folklore. Mi mamá desempolvó su diploma de asistente dental y se fue a trabajar al hospital Durand. Mi tío lo ayudó a mi viejo a alquilar medio puesto en el mercado y trabajar de vendedor. Chan le dio la mercadería para empezar. “Recibite”, me decía mi vieja, años más tarde, cuando demoraba la entrega de monografías que me faltaban para terminar la carrera de Letras, “nunca se sabe cuando vas a necesitar el título, pero es bueno tenerlo”. No estaría en China ahora, si no fuera por ese título. Mi vieja se jubiló el año pasado. Mi papá, luego de una breve disgreción hacía el taxiconductismo en los ´90, todavía tiene su puestito en el mercado central, gran parte de sus clientes son verduleros bolivianos, peruanos y paraguayos. Muchos puesteros se fundieron en los años de gobierno de la rata traidora. Desde que cambió el modelo económico, el mercado central volvió a su época dorada. Chan tiene una fábrica enorme a unas pocas cuadras de su casa en Villa Celina. Sigue vendiendo la soja más linda y crocante. En los primeros años de Universidad, trabajé como repositora de sus productos en Coto. Mi hermano trabajó como administrativo en su fábrica casi diez años. Mi papá y mi tío todavía le compran la mercadería. Pero Chan hoy ya no trabaja 14 horas. Maneja autos caros y come en Puerto Madero. Le encanta el asado. Hace muchos años, Chan trajo semillas de soja seleccionadas de la mejor calidad de China y las plantó en Formosa. Hoy, Chan, ya no trabaja duro a la china, tiene muchos empleados, la mayoría importados de Bolivia, que lo hacen por él. Dicen que Chan se argentinizó.

II
Tong Ling quiere decir “Montaña de cobre”, les digo por si no se los conté antes. Durante mucho tiempo fue el primer centro de extracción de este material. Ahora, las montañas escarbadas hasta el fondo, ya casi no tienen nada más que dar. Sin embargo, sigue habiendo muchas fábricas instaladas acá, que necesitan esta materia prima y que salieron a abastecerse afuera. Lo importan desde otros lugares en China, como Mongolia Interior, y Latinoamérica, Chile principalmente. Como tantos otros países con capital para invertir en el exterior, siguieron la fórmula canadiense, inglesa, estadounidense, etcétera y no se conformaron simplemente con importar el mineral, sino que se lanzaron a licitar la concesión de la explotación de las minas. Así, la mayor empresa tonglinense, le compró a Canada varias minas en Chile, Perú y Ecuador. Hace 5 años, cuando adquirieron la mina en Chile, la primera de todas, se propulsó el aprendizaje de español en esta ciudad. Mandaron a algunos técnicos a hacer cursos intensivos y se abrió una cátedra de español en la Universidad, donde además funcionaría un centro de enseñanza para la comunidad. Por eso estoy acá. Así empezó todo. En el 2006 vino la primera profesora desde Argentina, con su valija, su guitarra y un puñado de palabras en una lengua extraña. Cuando llegué en el 2009, el entusiasmo se había enfriado un poco. Sobre todo el de las empresas que en principio lo habían incentivado. Cuando pregunté por qué, una de las respuestas fue que la empresa no estaba muy contenta con la adquisición de su mina en Chile, ya que en lugar de ganacias le propiciaba pérdidas. El resumen que me hizo mi informante chino fue que los obreros chilenos no trabajaban duro; y me lo dijo con una cara tal de decepción que me dieron ganas de disculparme por toda la clase trabajadora sudamericana. Me acordé de Chan, su esposa y los padres de ella, en cuclillas, lavando semillas de soja los domingos por la tarde. Que los obreros no trabajen duro, significaba para mi interlocutor, que exijan jornadas de 8 horas por día, francos semanales, vacaciones pagas, planes de salud, jubilación y lujos por el estilo. En ese momento también me acordé de la película Lost in translation. Lo que para mi amigo chino era trabajar duro, yo lo llamaba, y lo llamo todavía, explotación. Unos días después, leyendo el diario me enteré de lo que estaba pasando en Argentina con los obreros de la antigua Terrabusi, adquirida por la estadounidense Kraft. Basicamente, Kraft quería establecer una serie de reformas que violaban derechos de los trabajadores y ante la protesta de estos, los despidió sin previo aviso y sin indemnización. Los obreros tomaron la empresa y cortaron Panamericana. La policía bonaeranse, a intancias de la orden de un juez, desalojó a la fuerza a los obreros. Intervino el Ministerio de Trabajo, para exigirles a las partes que se sentaran a negociar. Kraft amenazó con irse del país. Voceros de la embajada norteamericana, apoyaron a la empresa. Mientras tanto el New York Times, irónicamente, criticaba mediante sutilezas varias la debilidad de la democracia en nuestro país. El intento de garantizar la seguridad jurídica de los obreros, este diario y sus copias locales, lo trataban de “avasallamiento” del Estado contra el sector privado. Bueno, me dije, por lo menos los chinos no tienen dobles estándares. Pretenden explotar a sus empleados sudamericanos como se explotan a sí mismos. ¿Si hay leyes de trabajo en China? Ah, claro que las hay, como en Europa, leyes bien civilizadas. De hecho en el 2007 se sancionó la nueva ley que trata de fortalecer la protección para los trabajadores. A pesar de los pataleos de las empresas extranjeras y nacionales, que lloraban los ceros que perderían, en el 2008 entró en vigencia. Aplauso, aplauso para la Nueva China. Aunque del dicho al hecho. ¿Y por qué no protestan los trabajadores? ¿Por qué no hacen paro? Algunos protestan y los hacen callar. Otros no protestan porque saben que son muchos y hay mucha competencia, porque no hay sindicatos, porque las empresas dicen que si aumentan los salarios sus productos dejarían de ser competitivos en el mercado mundial y quebrarían y eso significaría miles de millones de gente sin trabajo. También porque el trabajo duro es una idea milenariamente arraigada en la cultura de la cual los chinos se sienten orgullosos. Trabajar duro, gastar poco, ahorrar. Tong Ling, sin embargo, me dicen que es una excepción. Una vez les comentaba a mis estudiantes, muchos de los cuales vienen de otras ciudades de esta misma provincia, que estaba sorprendida por la cantidad de casas de té y hoteles que hay en Tong Ling y su respuesta fue que a los tonglinenses les gusta gastar plata y divertirse. También me contaron que es la ciudad más cara en Anhui, que creció muchísimo en los últimos años, que es una de las ciudades con mayor redistribución de riqueza. Los toglinenses ven crecer sus negocios y sus empresas, contratan empleados, compran autos caros y van a comer a los nuevos restaurantes que se abren cada día. Como Chan, pienso yo. ¿Será que se están argentinizando?

20/2/10

Aculturación

Antes de venir a China, sabía que quería hacer este viaje no sólo para intentar aprender la lengua, sino además para atravesar una experiencia que lograra desarmarme, para luego poder armarme de nuevo.
Respecto de la adquisición de la lengua, desde mi primera experiencia en Francia y luego los años que he sido profesora de español en Buenos Aires, me enseñaron a valorar las ventajas de un proceso de inmersión y poder vivirlo sin sentirme totalmente abrumada por el contexto. Quiero decir, es tanta la distancia entre mi lengua materna y el chino, que todos los sonidos que me rodean son ruido y la escritura, dominante en cada lugar (carteles, señales de tránsito, menús, etc.) la veo desenfocada. Pero de a poco esta realidad se va transformando y las cosas empiezan a tomar consistencia real. La primera experiencia que me fascinó fue la de volver a ser analfabeta. Aunque ya lo sabía “teóricamente”, no me imaginaba cómo era en la práctica carecer del recurso de la lectura. En mis otras experiencias con lenguas extranjeras, no sentí esto, porque al menos compartíamos un alfabeto y el mismo sistema de lectura, temporal y no espacial como es el chino. Esta “carencia” me hizo poner otros recursos en práctica. Por ejemplo, siempre fui totalmente desorientada con las calles, incluso en Buenos Aires, siempre viajo con la Guía T en la cartera. Acá, al no poder leer un mapa, tuve que empezar a reconocer otras cosas como marcas espaciales que me permitieran orientarme. Sigo leyendo, no puedo evitarlo, lo que cambio es el código de lectura. Lo mismo en el supermercado, reconozco las cosas por las formas de los envases, los dibujos en las etiquetas y muchas veces las marcas globalizadas. De alguna manera, estos pequeños detalles, como conseguir el mismo mata cucarachas o las mismas galletitas de chocolate, hacen la experiencia más asequible. Son pequeños oasis de descanso en un proceso de distanciamiento y fascinación constante.

Una sensación que me invadía estos días es cómo la distancia nos acerca y nos separa de otros. Por ejemplo, en una conversación con otros extranjeros que viven acá en Tong Ling, quedaba marcado el límite entre “nosotros” (una argentina, un inglés, un norteamericano, un mexicano) y “ellos” (los chinos) y yo pensaba que raro, nunca hubiera pensado que podía ser “nosotros” con un inglés. En china, sin lugar a dudas somos Occidentales y esa amplio y vasto concepto nos define, nos separa de ellos y de alguna manera nos acerca a otros extranjeros. Según qué tan lejos estamos de casa, buscamos las semejanzas con los demás. En China soy occidental, en Europa soy Latina, en América soy sudamericana, en Sudamérica soy argentina, en Argentina soy bonaerense y en Buenos Aires soy de Lanús.
Otra experiencia que me resulta interesante también, es cómo narrar China a mis amigos y familia en Buenos Aires. Cómo describir lo desconocido. Y muchas veces, como ya lo hicieron los narradores de la conquista, me encuentro buscando referentes comunes que de alguna manera me ayuden a construir una idea cercana a esta realidad. Así, por ejemplo, Tong Ling se convierte en mis relatos en una ciudad parecida a Lanús. Supongo que esa es una estrategia de apropiación que aplico en mi vida cotidiana, busco las semejanzas y las diferencias. Por ahora, al estar tan afuera de la lengua y sin la capacidad de percibir todo, tengo una mirada neutral, explorativa, casi antropológica. Pero sé que en la medida que vaya aprendiendo la lengua y las paredes de mi burbuja se esfumen mi percepción va a cambiar.

En lo que respecta a mi propio proceso de aculturación puedo decir que adopté rápidamente las costumbres chinas respecto de la comida y los horarios de trabajo y descanso. Me siento muy cómoda en ese sentido. Eso en términos de superficie. Sin embargo, en las relaciones cotidianas no puedo terminar de adoptar el respeto distante de esta cultura y de alguna manera, sin darme cuenta, estoy siempre trasgrediendo esa norma con cosas que allá parecerían ínfimas, dar besos cuando saludo, tocar una brazo o un hombro para manifestar acuerdo o satisfacción, sonreír incluso a extraños.